En busca de gloria

La búsqueda de gloria es sumamente motivadora. Muy a menudo, cuando parece que la gloria está a nuestro alcance, nos esforzaremos aún más o correremos más lejos. Incluso estamos dispuestos a sacrificar la comodidad personal por una oportunidad de gloria. “El que no arriesga no gana”, repetimos, y luchamos por llegar más lejos. Queremos que nuestra vida valga la pena. Queremos que nos aclamen por buscar algo meritorio.

Hay una razón por la que experimentamos esta profunda sed de gloria. En la Palabra de Dios descubrimos que fuimos creados para la gloria. Él formó nuestros cuerpos y exhaló vida en nosotros para que pudiéramos conocer la grandeza de su santidad y asombrarnos ante ella. Nuestro corazón y mente estaban hechos para recibir tal impresión de la bondad de Dios que estaríamos prestos a adorarlo y obedecerle. De esta forma, reflejaríamos la admirable gloria de Dios.

No obstante, mira a tu alrededor. El mundo no resplandece con la gloria de Dios, ¿verdad? Quizá hayas notado cómo el mal ha deformado el mundo. Hay sufrimiento, amargura, engaño y muerte. Si fuimos creados para conocer la gloria de Dios, ¿qué salió mal?

La respuesta que provee la Palabra de Dios apunta a nuestro corazón. Fuimos creados para confiar en Dios y darle gloria. Pero nosotros insistimos en buscar más bien nuestra propia gloria. Hemos sustituido la voluntad de Dios por nuestros propios deseos, y nos hemos propuesto ganar renombre. Esto es lo que la Biblia llama “pecado” y es la desobediencia a los propósitos de Dios para nosotros. El pecado nos tienta a hallar satisfacción en nuestra propia flaqueza en lugar de en la grandeza de Dios. Tratamos erradamente de obtener gloria permanente en nuestra identidad, nuestro trabajo o nuestros sueños. Pero una y otra vez nos encontramos tanto vacíos como insatisfechos. Además nos encontramos condenados, porque nuestro pecado no pasa inadvertido para Dios. Él es un Juez justo. Somos culpables de abandonar su verdad mientras intentamos establecer la nuestra. El castigo de este pecado está claramente descrito: muerte y eterna separación de Dios.

¡Pero el mensaje del Evangelio es una gloriosa noticia! “De tal manera amó Dios al mundo”, dice la Biblia, “que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Jesucristo, el perfecto Hijo de Dios, tomó la forma de hombre pero sin el pecado del hombre. Él vivió entre los hombres pero sin participar de la desobediencia de ellos. Él no titubeó respecto a buscar la voluntad de Dios y glorificar el nombre de Dios. Él reflejó perfectamente la gloria de Dios.

La Biblia dice que Jesucristo fue “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Su obediencia lo llevó a morir en una cruz. ¿Por qué?

Esta es la respuesta: Jesucristo tomó en sí mismo nuestra condenación. Él sufrió nuestra muerte para que nosotros podamos vivir. Él padeció el castigo que nosotros debíamos haber sufrido. Él cargó nuestros pecados para que nosotros pudiéramos hallar perdón. Él dio su vida para que nosotros pudiéramos ser aceptados delante de Dios. Él murió por nosotros para que pudiéramos confesar nuestros pecados y hallar redención en él. ¡Esta es una extraordinaria y gloriosa noticia! Tres días después de su muerte, Jesucristo volvió a levantarse. ¡Se levantó victorioso sobre la condenación, la muerte y el pecado!

La Biblia expresa la buena noticia de esta forma: “Por tanto, no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús”. En Jesús, se nos regala perdón, esperanza, paz, y satisfacción. En Jesús, somos aceptados de inmediato ante la presencia de Dios y descubrimos nuevamente la belleza de su amor y santidad. Esto es salvación, esto es realmente glorioso. Esto es el Evangelio.

Estimado amigo, ¿has confesado tus pecados y creído en Jesucristo? ¿Estás dispuesto a confiar en su muerte y resurrección como el medio por el cual somos salvos? Hoy puedes ser salvo. Él te perdonará.
Nuestra oración es que creas en él y descubras que su gloria realmente satisface.

La Carrera de la Fe